lunes, 16 de julio de 2012

PÁGINAS URUGUAYAS - EL DEBUT DE GARDEL EN EL TEATRO “ROYAL”


Escribe Walter Ernesto Celina

LAS CRÓNICAS DE JULIO CÉSAR PUPPO
El periodista Julio César Puppo desgranó desde sus páginas periodísticas escritos que pueden valorarse como  piezas costumbristas, entroncadas con sucesos de la vida real. La originalidad de su sesgo consistió en trasladar a la literatura vivencias, sucesos, historias que laten en los estratos sociales humildes, en el corazón mismo del arrabal montevideano. Su pausada producción fue mirada como de soslayo, al entrar en ámbitos no frecuentados por escritores convencionales, más próximos a los halagos dispensados por una sociedad proclive a ciertas formas de pacatería.
Puppo adoptó el pseudónimo de “El Hachero”, para aludir a quien hace una intrusión fuerte en la prosa convencional, como en el fútbol lo realiza el jugador que orilla el reglamento. Y así, desafiante, entró a la liza, seguro de su mensaje. Tan rica paleta pudo ser recogida, -felizmente- en la colección uruguaya conocida como “Bolsilibros de ARCA”, a mediados de la década del 60, cuando moría. Uno de sus libros está prologado por un notable humorista, escritor y artista, de envidiable trayectoria: Jorge “Cuque” Sclavo.
La nota que ha de leerse  es algo distinta de otras, donde muestra la sensibilidad casi callada de individuos que van tras la evasión de su congoja existencial. Aquí, tocando la historia, lleva al lector a revivir la instancia suprema en que Carlos Gardel, conjuntamente con José Razzano, irrumpen  en el mítico Teatro “Royal”.
La sala de varieté, se situaba a mitad de cuadra, en la calle Bartolomé Mitre, entre Reconquista y Buenos Aires, dando por frente a la manzana del Teatro “Solís”. En los años 50 devino en el Cine “Indú”, que exhibía films picarescos. Desmantelada su ruinosa estructura, se convirtió en un predio para estacionamiento de dependencias judiciales.
Importa destacar que el mural callejero que anunció a los cantantes los mostraba al centro, en foto de medio cuerpo. Las 4 líneas horizontales superiores, destacan: ROYAL - Viernes 18 - Importante debut - DUO NACIONAL. Abajo: Gardel - Razzano. En forma vertical: Estilos, Cifras - Tonadas, Canciones.
Así reconstruyó “El Hachero” los hechos que condujeron a la presentación de Carlos Gardel, aquel viernes 18 de junio de 1915.

¡CANTANTE OTRA, CARLITOS!
“Un grito de guerra, nacido en los cafetines de los suburbios y que se extendió rápidamente a otras actividades con las características de un refrán popular, señala una etapa en la historia de la canción criolla. Era este: “¡Cantá, Medina, cantá!” y se originó así: Juan Medina, payador en la época en que los había muy buenos, era un obrero gráfico que, ni bien había parado las últimas letras en el taller de “El Día”, ya de madrugada, salía con la guitarra colgando del brazo a cantar su desesperanza de muchacho enfermo en los boliches del “Bajo”. Payadas de contrapunto, en las que se jugaban el honor y el amor propio del cantor, le habían valido una gran ascendencia popular. Pero ya la tisis, muy avanzada, le estrangulaba la garganta y apenas si podía modular un verso. Era entonces que sus consecuentes partidarios lo alentaban con la expresión que se hizo popular: “¡Cantá, Medina, cantá!”, sin pensar que con esa frase estaban caracterizando la culminación de un ciclo. Pues mientras por un lado se estaba atento a eso, por otro lado se estaba gestando el advenimiento de una nueva etapa: la del cantor o intérprete, que sustituiría al payador, o repentista, en la predilección del pueblo.
La cosa empezó así:
-El “tambo” marcha mal -había dicho Visconti Romano, empresario del Teatro Royal, a su colega Manuel Barca-, el “tambo” necesita números de atracción. Vete a ver si los consigues en Buenos Aires.
Y Manuel Barca, que por algo había merecido el calificativo de “Rey de los empresarios”, embarcó esa misma noche. Era en el invierno de 1915. Allá, se pone en contacto con gente del oficio. Robrero, el popular bailarín de pase corrido y ocho cruzado, de la Compañía Vittone, lo conduce al Teatro Nacional, donde hacía sus primeras presentaciones un dúo criollo, cuyo nombre no decía nada todavía: Gardel-Razzano. Acompañaba en la guitarra el negro Ricardo.
La cosa había comenzado y ya nadie la detendría. Se citan para la salida en un café cercano.  El primero en aparecer es Razzano, ya entonces encargado de la administración. Oye la oferta sin poder creerlo.
-¿No se reirán de nosotros? -pregunta aturdido.
Teme al público uruguayo, que considera muy exigente.
-¡Por eso, el triunfo va a ser más grande! -contesta Barca, lleno de fe. En eso llega Gardel. Es un mozo gordo, redondo. El sobretodito marrón, pespunteado, le llega apenas hasta la rodilla; era la moda gacho blando, con el ala caída sobre el ojo; bufanda rayada, blanco y negro. Todo él irradiaba simpatía.
Enterado de la proposición, se muestra lo mismo que su socio, incrédulo al principio. Escucha con atención pero es mucho su temor al fracaso. Lo confiesa resueltamente, seriamente: -¿Al menos tendremos para volver a Buenos Aires?
Es una frase histórica. Pensaba si conseguirían para el pasaje en aquel tiempo, que costaba tres pesos ida y vuelta, con derecho a cena y desayuno. Había gente que hacía el viaje nada más que por comer. Sin embargo estos muchachos se inquietaban ante la incertidumbre. Es que una experiencia muy dura pesaba sobre ellos. Y Barca, que también  había sido educado en la en la rigurosa escuela de la calle, lo entendió en seguida.
-¿Cuánto quieren ganar?, les pregunta.
Los hombres se miran entre ellos, meditan un instante, al cabo del cual se expide Razzano:
-Con franqueza, dígame: ¿cincuenta pesos por día es mucho pedir? Se trataba de pesos argentinos.
-¡Uds. no saben lo que valen!, contesta Barca sensiblemente conmovido. Y el trato quedó cerrado
No sabían lo que valían y hubieran demorado mucho o quizás no habrían llegado nunca saberlo si no es por Manuel Barca. Corresponde pues, que se le reconozca. Eran por entonces dos modestos cantores que hacían sus primeras presentaciones “en serio”, en el teatro, ante el público porteño.
Su actividad se había iniciado en marcos muy humildes. Cafetines de arrabal y pulperías de campaña, donde levantaban un tabladito con las propias mesas y recibían como compensación el producto de una rifa, organizada por ellos mismos, de una botella de coñac o vermut. De este modo, el recibimiento que les prodigó Montevideo les llenó de asombro, de pavor.
La ciudad estaba prácticamente empapelada con el retrato de ambos, pañuelo al cuello y gachito cantor, cuando el barco atracó a muros.  Con las guitarras colgando del brazo, los conducen a desayunar al Café “Bom Marché”, en Florida y Soriano, bajo la intensa lluvia de aquella fría  mañana. Al observar la bienvenida que les daban los muros llenos de carteles, Gardel se sintió, una vez más, apabullado. Era como un sueño hermoso.
-Che Barca ¡van a creer que soy un Caruso!, protesta amigable.
-¡Te aseguro que lo sos!, lo alienta Barca.
Y esa misma noche hacen una exhibición en privado. La sagacidad de Manuel Barca no ha olvidado ningún detalle. Ya Vicente Salaberry, periodista inquieto por la cosa popular, ha publicado en “La Razón” un extenso reportaje. Se va fomentando la expectativa, y esa noche en la sala del “Royal” actuarán para la prensa y autoridades.
Están presentes el Jefe Político, Sr. Sampognaro; el Sr. Oficial 1ro. de la Jefatura, Antonio Sanguinetti; los críticos teatrales Cyro Scoseria, “Bebón” Blixen, Eduardo Dualde, Ulises Favaro, Ángel Méndez, Julián Nogueira, y los Sres. Enrique y Roberto Aubriot, Dr. Penco y E. Antuña. La cosa empezó a las seis y media y terminó a las ocho y media.
El día del debut no cabía un alfiler en el Teatro “Roya”l. Con precisión cronométrica, Barca me relataba hasta los menores detalles de esta jornada, inolvidable para él. Empieza el dúo con La Pastora, de Salinas y sigue Razzano con una de aquellas cifras suyas; vuelve Gardel con El Pangaré… El público delira de entusiasmo; realmente está en presencia de algo excepcional. Y ya entonces se oye por primera vez el grito que sería clásico y que vendría a señalar el comienzo de una etapa nueva:
-¡¡Cantate otra, Carlitos!!
El público lo ha hecho su amigo y lo tutea y lo aclama como a un ídolo.
Es la una y pico de la madrugada y todavía no se han desocupado las localidades del teatro. En su camarín Carlos Gardel está llorando cuando entra Barca a felicitarlo.
-Hermano Barca, -musita apenas, ahogado por la emoción- todo…todo esto te lo debo a vos…
Así fue el debut de Gardel en Montevideo, lo que importa mucho, porque señaló su primer gran paso, decisivo hacia la celebridad. Ya no se detendría más. Así se apagó el eco de aquel grito de guerra nacido en los bodegones de la orilla, cediendo al que señalaría el ocaso del payador, el advenimiento del cantor: “¡¡Cantate otra, Carlitos!!”.-